Reflexión sobre la vida plena

16th Dec 2016

Mi padre y mi madre nacieron en Valparaíso, se casaron y tuvieron hijos, pero luego debieron mudarse porque no había trabajo en la ciudad. La vida fue muy dura siempre, pero lo fue más desde entonces porque ganarse la vida no fue fácil y añoraban el mar. Mi padre fue una persona que amaba mucho la vida y a las personas, pero era una persona de pensamiento quizás demasiado sencillo, que no esperaba demasiado. Le gustaban los libros y tenía muchos, pero jamás los leía. Quería tener su casa propia pero jamás se aplicó a ahorrar para tenerla, aunque fuese muy poquito. Fue religioso, pero no demasiado comprometido más allá de lo social, con las doctrinas, por ejemplo, pues le bastaba con ser bueno. Es difícil juzgar porque la vida como dije antes siempre fue muy dura, no siempre era fácil tener comida en la cocina, sin embargo, cayó en las deudas y si bien nunca fue moroso, el cumplimiento de los pagos eclipsaba cualquier otro deseo más profundo que pudiera haber tenido. Muchas de las cosas que compró no eran indispensables sino deseos superficiales que tenía, como el de tener una tele más grande, cosas así. Finalmente, el mundo se les vino encima porque, a la terrible realidad de las paupérrimas jubilaciones en Chile que de por sí son bajas se sumó el hecho de que al año siguiente una grave enfermedad le comenzó a aquejar y le impidieron trabajar. Pasaron unos seis meses y fue entonces cuando mi padre ya debilitado acabó en el delirio y la muerte que el cáncer patrocinaba. Su último deseo, cuando aún se encontraba consciente fue que le llevaran a ver el mar, mas su debilidad no lo permitió, así que una vez muerto mi madre decidió que fuese enterrado allí y su tumba hoy mira directamente al mar, desde una mole de concreto que se inclina desde lo alto hacia la expansión azul.

Mi padre no era una mala persona, dejó un grato recuerdo en todos quienes le conocieron, sin embargo, la vida que pasó fue la de una persona alienada por los deseos más simples y sensibles. Me pregunto qué habría sido de él si hubiese ido un poco más allá de las cosas que había en la vida que le tocó. Una mirada materialista nos indicaría que su vida y lo que hizo de ella fue producto de las circunstancias y que probablemente, no había nada que pudiese hacer. Digámoslo, un esclavo de las circunstancias (mi padre era de izquierda, quizás algo de marxismo resignado había en su visión de las cosas). Por encima de esto, la religiosidad cristiana plantea sutilmente una profunda conformidad por lo que hay en el mundo ya que éste se vuelve, según su cosmovisión bíblica, cada vez peor por la corrupción humana ante lo cual no hay nada que podamos hacer y en tanto seamos salvos por Cristo tendremos un futuro eterno y feliz en el cielo, que, por lo demás, nos es dado. Dicho de otra manera, lo que hagamos poco importa mientras seamos fieles.

Así me encuentro yo ahora, sentado al lado de su tumba mirando al mar, pensando que la vida merece ser vivida pero la razón no es el mero disfrute de los placeres sensibles que todos conocemos en la vida. Mi padre no era una persona amargada, que rehuyese las fiestas o la risa. Sin embargo, a lo que me refiero es a otra cosa. Me pregunto si mi padre en algún momento pensó que su vida estaba realizada cuando supo que su enfermedad era grave… o cuando supo que moriría (que al menos se enteró de ello y lo sé porque me lo dijo en el hospital). No lo sabré nunca. El caso es que, aunque la vida no tenga sentido per se, nosotros sí le damos un sentido o al menos, lo intentamos. El hecho es que estamos arrojados en el mundo, fuimos nacidos donde quiera que estemos, pero debemos seguir adelante y nuestra existencia activa no es eterna, por lo tanto, deberíamos vivir conscientes de que la vida se acaba a cada momento que pasa y que es necesario pensarla, también es necesario actuar sin esperar a que pase algo más y realizar los sueños que vagan por nuestra mente mortal. El problema es que, como en el caso de mi padre que, en realidad, es el caso de todos nosotros, nos dejemos llevar por la corriente social y las ideologías que no nos dejan pensar, y en su lugar nos reprimen (como el cristianismo) o nos ofrecen soluciones que realmente no nos conducen a nuestros objetivos y sí a los objetivos de otros (como la militancia política). Y pensar sí nos conduce potencialmente a nuestros sueños y a la felicidad con mucha mayor fuerza que ninguna cosa en este mundo, ciertamente más rápido que cualquier droga, cualquier bebida y cualquier objeto adquirido en este mundo.

Sabes que el tiempo se acaba, pero no sabes cuánto tiempo queda y el mar sigue ahí, esperándote. Meursault es otro buen ejemplo de ello, sí, el personaje de El Extranjero de Camus. ¿Cuándo se da cuenta de que está vivo y de que debe reaccionar? ¡Cuando se entera de que le han condenado a muerte! Nosotros no somos muy diferentes, hemos vivido alienados por mucho tiempo y, sin embargo, estamos condenados a muerte, sólo que no nos damos cuenta.

¿Por qué hablo de pensar? ¿Qué tiene que ver pensar con disfrutar la vida? Tiene que ver con la alienación, algo de lo que he hablado pero que no he explicado. Estar alienado significa ante todo estar separado de uno mismo, perder la identidad o, mejor dicho, el control. El ser humano es uno eminentemente social por lo que, aparentemente, es extremadamente fácil depender de otros y que otros dependan de uno. Esto no sólo tiene que ver con la dependencia emocional de una relación o la dependencia física de un hijo en sus padres sino con la dependencia mental a través de la cual dejamos nuestra capacidad de aprender al Estado o a los profesores, nuestra capacidad valorativa a la religión o nuestra capacidad de relacionarnos a la ideología. No digo que la educación pública, el cristianismo o el marxismo no tengan nada bueno o nada que podamos aprender de ellos, son pensamientos, pero algo muy distinto es ciegamente asentir y militar en ellos. Por cierto, las palabras (el verbo) militar y ejército tienen algo en común ¿Qué será? La obediencia debida, el no pensar, la anulación del individuo.

Sin embargo, estamos rodeados de ideología y no sólo de aquellas que podemos identificar como tales sino de otras más subrepticias y mucho menos obvias como, por ejemplo, el consumismo o el hedonismo. En todos estos casos hablo de ideas que no han surgido ni de ti ni de mí, sino que son ideas promovidas desde fuera para alcanzar o mantener el poder y que nos permiten evadir la necesidad de pensar sobre los problemas de la vida. En el fondo lo que quiero decir es que, si vives la vida a través de ideologías, estás viviendo la vida por medio de ideas ya pensadas y has dejado de ser un individuo para ser una oveja más del grupo. Uno tiende a pensar con toda honestidad que un grupo ideológico es un grupo de personas que comparten los mismos intereses y las mismas ideas y que se han juntado, pero lo que tiende a pasar es que lo que comparten son valores, pero las ideas en concreto, al menos, el grueso de ellas no son suyas y se aceptan forzadamente. Lo malo de ser uno más es que, en ese tipo de grupos, nadie es indispensable y un mundo de no-individuos nos lleva a la larga a la pérdida de la dignidad. La dignidad del ser es la que hace que yo respete tu vida y tus deseos, tu sensibilidad. En los esquemas de alienación más extremos podemos ver esta clase de situaciones: Existe una casta superior que satisface su voluntad a través de la horda de seguidores y éstos para destacar sólo pueden cometer actos extremos que llamen mucho la atención para poder realizarse espiritualmente. Los islamistas extremos se inmolan por la causa a cambio de unas vírgenes en el cielo (matando, por cierto, a un montón de otra gente por la que no sienten respeto alguno). Los miembros de sectas occidentales se acuestan con el líder. En la historia hay ejemplos también, como los kamikazes. Diremos entonces, “estás exagerando”, lo que no es así porque he dicho antes que hablaba de casos extremos. Lo que quiero decir es esto: No pensamos, somos pensados y nuestras vidas carecen de sentido a causa de ello, pero arriesgan además carecer de dignidad (no en sí mismas sino en la valoración externa).

Todas estas ideologías son promovidas como dije, porque buscan conducir a las masas a los objetivos de unos pocos. pero no sólo existen estos sino también otros que imponen su voluntad sobre nosotros, los padres narcisistas, los jefes egocéntricos, los funcionarios corruptos, los profesores arrogantes, los clientes ladrones. Cuando alguien busca imponer su voluntad sobre la de los demás yo hablo de tiranías. Y la tiranía del ser humano es lo que nos rodea día a día. Esta tiranía es lo que nos impide ejercer nuestra libertad. El ser humano tiene una voluntad de ejercer su libertad más allá de los límites de los otros humanos y así imponerse a ellos, quizás por motivos evolutivos, quién sabe, pero desde nuestro punto de vista, nos intentan quitar la libertad. Quitarnos la libertad significa muchas cosas, pero ante todo nos pone límites que no son justos porque nos oprimen. La vida es, de este punto de vista una constante lucha por liberarse o, dicho de otra manera, mantener la autonomía. Sin embargo, el mundo está construido por ideologías y esto las hace peores, mal que mal, podemos evitar o luchar con un hombre o una mujer tiránicas pero una ideología es enfrentar a un verdadero ejército.

No me mal entiendas, somos libres precisamente porque podemos pensar y para eso no necesitamos el permiso de nadie. Pero esto explica por qué la vida es tan difícil. Pienso que la libertad es lo que nos hace humanos, el hecho de que podamos tomar decisiones constantemente. Tomar decisiones no es algo agradable, pero si no tuviéramos que tomar decisiones no necesitaríamos pensar, sólo nos bastarían nuestros instintos y ya. Sin libertad, no hay una vida que construir y tener una vida más plena implica tener más libertad, ergo, más decisiones. Como contraparte, si viví mi vida a través de ideologías ¿puedo estar seguro de que viví mi propia vida “a concho”? ¿Y qué hay de las cosas que hice? ¿Las hice porque quería realmente? ¿Mi voluntad era mía? ¿Las ideas que compartí eran mis ideas?

Se acaba el tiempo.